sábado 13 de junio de 2009

Me Basta Así

ME BASTA ASÍ

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).


Ángel González

Gracias por este poema, Jota Pe Ene

domingo 3 de mayo de 2009

Julio Cortázar - Manuscrito hallado junto a una mano - Cuento Inédito


Mi cabeza tambalea un NO que en realidad es un SI placenteramente sorprendido
Gracias Julio una vez mas por darme estas sensaciones en extinción


Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos . Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por las dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades. En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan

(circa 1955)

Publicado en La Nación del 2-05-09

martes 3 de febrero de 2009

Del Sentimiento de no estar del todo - Julio Cortázar


Jamais réel et toujours vrai
"Lo real no siempre es verdadero"
(En un dibujo de Antonin Artaud)


Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.
Esto puede entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca.
Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme.
Esta especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito o he vivido. Se reprocha a mis novelas -ese juego al borde del balcón, ese fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz- una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería así como un continuo comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario. Me aburre argumentar a posteriori que a lo largo de esa dialéctica mágica un hombre-niño está luchando por rematar el juego de su vida: que sí, que no, que en ésta está. Porque un juego, bien mirado, ¿no es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento -golf, jaque mate, piedra libre? ¿No es el cumplimiento de una ceremonia que marcha hacia la fijación final de la corona?
El hombre de nuestro tiempo cree fácilmente que su información filosófica e histórica lo salva del realismo ingenuo. En conferencias universitarias y en charlas de café llega a admitir que la realidad no es lo que parece, y está siempre dispuesto a reconocer que sus sentidos lo engañan y que su inteligencia le fabrica una visión tolerable pero incompleta del mundo. Cada vez que piensa metafísicamente se siente "más triste y más sabio", pero su admisión es momentánea y excepcional mientras que el continuo de la vida lo instala de lleno en la apariencia, la concreta en torno de él, la viste de definiciones, funciones y valores. Ese hombre es un ingenuo realista más que un realista ingenuo. Basta observar su comportamiento frente a lo excepcional, lo insólito; o lo reduce a fenómeno estético o poético ("era algo realmente surrealista, te juro") o renuncia en seguida a indagar en la entrevisión que han podido darle un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instantáneas fracturas del continuo. Si se lo interroga, dirá que no cree del todo en la realidad cotidiana y que sólo la acepta pragmáticamente. Pero vaya si cree, es en lo único que cree. Su sentido de la vida se parece al mecanismo de su mirada. A veces tiene una efímera conciencia de que cada tantos segundos los párpados interrumpen la visión que su conciencia ha decidido entender como permanente y continua; pero casi de inmediato el pestañeo vuelve a ser inconsciente, el libro o la manzana se fijan en su obstinada apariencia. Hay como un acuerdo de caballeros entre la circunstancia y los circunstanciados: tú no me sacas de mis costumbres, y yo no te ando escarbando con un palito. Pero ahora pasa que el hombre-niño no es un caballero sino un cronopio que no entiende bien el sistema de líneas de fuga gracias a las cuales se crea una perspectiva satisfactoria de esa circunstancia, o bien, como sucede en los collages mal resueltos, se siente en una escala diferente con respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible, sin contar el trabajo para salir, las escalas fabricadas nudo a nudo con los cordones y el terrible descubrimiento, ya en el borde, de que alguien ha guardado el zapato en un ropero y que estoy peor que Edmundo Dantés en el castillo de If porque ni siquiera hay un abate a tiro en los roperos de mi casa.
Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno. En esos años hubiera podido decirme los versos quizá apócrifos de Poe:

From childhood's hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring-


Pero lo que para el virginiano era un estigma (luciferino, pero por ello mismo montruoso) que lo aislaba y condenaba,

And all I loved, I loved alone

no me divorció de aquellos cuyo redondo universo sólo tangencialmente compartía. Hipócrita sutil, aptitud para todos los mimetismos, ternura que rebasaba los límites y me los disimulaba; las sorpresas y las aflicciones de la primera edad se teñían de ironía amable. Me acuerdo: a los once años presté a un camarada El secreto de Wilhelm Storitz,donde Julio Verne me proponía como siempre un comienzo natural y entrañable con una realidad nada desemejante a la cotidiana. Mi amigo me devolvió el libro: "No lo terminé, es demasiado fantástico." Jamás renunciaré a la sorpresa escandalizada de ese minuto. ¿Fantástica, la invisibilidad de un hombre? Entonces, ¿sólo en el fútbol, en el café con leche, en las primeras coincidencias sexuales podíamos encontrarnos?
Adolescente, creí como tantos, que mi continuo extrañamiento era el signo anunciador del poeta, y escribí los poemas que se escriben entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa a esa altura de la vida que repite en el individuo las fases de la literatura. Con los años descubrí que si todo poeta es un extrañado, no todo extrañado es poeta en la acepción genérica del término. Entro aquí en terreno polémico, recoja el guante quien quiera. Si por poeta entendemos funcionalmente al que escribe poemas, la razón de que los escriba (no se discute la calidad) nace de que su extrañamiento como persona suscita siempre un mecanismo de challenge and response; así cada vez que el poeta es sensible a su lateralidad, a situación extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca, reacciona poéticamente (casi diría profesionalmente, sobre todo a partir de su madurez técnica); dicho de otra manera, escribe poemas que son como petrificaciones de ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por debajo de, o en contra de, remitiendo este de a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca; más aún, que no la active y la potencie al sospechar que es precisamente la zona intersticial por donde cabe acceder. También el filósofo se extraña y se descoloca deliberadamente para descubrir las fisuras de lo aparencial, y su búsqueda nace igualmente de un challenge and response; en ambos casos, aunque los fines sean diferentes, hay una respuesta instrumental, una actitud técnica frente a un objeto definido.
Pero ya se ha visto que no todos los extrañados son poetas o filósofos profesionales. Casi siempre empiezan por serlo o por querer serlo, pero llega el día en que se dan cuenta de que no pueden o que no están obligados a esa response casi fatal que es el poema o la filosofía frente al challenge del extrañamiento. Su actitud se vuelve defensiva, egoísta si se quiere puesto que se trata de preservar por sobre todo la lucidez, resistir a la solapada deformación que la cotidianeidad codificada va montando en la conciencia con la activa participación de la inteligencia razonante, los medios de información, el hedonismo, la arterioesclerosis y el matrimonio inter alia. Los humoristas, algunos anarquistas, no pocos criminales y cantidad de cuentistas y novelistas se sitúan en este sector poco definible en el que la condición de extrañado no acarrea necesariamente una respuesta de orden poético. Estos poetas no profesionales sobrellevan su desplazamiento con mayor naturalidad y menor brillo, y hasta podría decirse que su noción del extrañamiento es lúdica por comparación con la respuesta lírica o trágica del poeta. Mientras éste libra siempre un combate, los extrañados a secas se integran en la excentricidad hasta un punto en que lo excepcional de esa condición, que suscita el challenge para el poeta o el filósofo, tiende a volverse condición natural del sujeto extrañado, que así lo ha querido y que por eso ha ajustado su conducta a esa aceptación paulatina. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, de familiaridad, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano, sin responseconcreta porque ya no hay challenge, a un plano que a falta de mejor nombre seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.




Julio Cortázar, La Vuelta al dia en 80 mundos

domingo 1 de febrero de 2009

Arena de la Vida


"Los domingos me traen una profunda certeza de retraso por apreciar la creación una vez más. Quizá he vivido tantos domingos con retraso que no advertí la importancia de cada instante que apreciaba." ...resonaba en su cabeza la voz de la conciencia sintiendo que todos los días serían lunes.

Como todas las mañanas, Cesar hizo lo que la mayoría de la gente hace al despertar: mirar el reloj; lo extraño de ese rutinario momento fue que el reloj estaba...¡dormido!...Si, tenía ojos...y estaban cerrados. Cerró los suyos pensando en abrirlos y encontrar la realidad, pero No...el reloj seguía durmiendo y sus agujas latían a la par de su corazón. Antes de actuar impulsivamente, se levantó, recorrió la casa en busca de los demás relojes...y todos dormían...su pulso se aceleraba y comenzaba a sentir sus poros trabajar, llorando preocupaciones de la vida diaria que no entienden de deshoras.

Huyó, pensando en El Tiempo: Pasado - Presente y Futuro; sobre todo en el más nostálgico de todos los tiempos: el Hipotético, del que no se puede escapar.

-Ese tiempo hipotético es nuestro deseo verbalmente conjugado-. repetía Cesar mientras la arena caliente le quemaba los pies. Todos estos pretéritos de tiempos mal usados por mi personalidad "adulta", los elevo a una potencia pasada...y... ¡tendré posibilidades presentes! ¡Sí! La respuesta es exactamente esa: UN RELOJ DE ARENA.

Cesar ya no sentía sus pies arder al rayo del sol y su corazón latía más rápido, respondiendo a adrenalínicas respuestas que corrían por su cuerpo como una cascada de hormigas.

-Si descompongo de él los granitos de arena en granitos de mi tiempo, la mitad mas uno ha sido necio, discutidor, autosuficiente, ¡el desierto de Sahara mismo! sedientos de areneros habitados por lo más puro de este planeta......los niños; a ellos les regalaré estos granos y con la inocuidad de sus ocurrencias los transformaran en agua, que serán vapor, que serán nubes, que serán agua...así espiralísticamente infinitos tiempos del tiempo mismo que desperdicié en líneas rectas que no llevan a ningún lado más que a transitar sobre si mismas.

A veces esa inocuidad del pensamiento pueril se infecta con las penas del mundo, y en vez de ser agua es menester que sean dinero, que sean pan y leche, que sean una cama caliente o una lectura de cuentos..., y ahí, Cesar vuelve a sentir como la arena le quema los pies, ya no estaba en su patio, estaba en un arenero de plaza, sin hamacas y con esquinas plagadas de niños que entregan sus preciados granos de vida por granos de metal al limpiar algo más sucio que el parabrisas de un auto...la Suciedad de la Sociedad...

-¡Pero un momento!- frenó Cesar a su cataclismo mental - ¡este es Mi hipotético tiempo!

Llamó a los niños a formar una ronda para que jueguen en ese arenero que los esperaba lleno de deseos de carruseles y helados de frutilla, de besos de abuela, de muñecas y autos de colores, de voces cuentistas que atrapan como un hechizo que lleva al País de Nunca Jamás, a volar en una alfombra mágica o a la Calabaza de Cenicienta....ay!!! otra vez la campanada del tiempo...y han dando las 12...y los pies, llenos de ampollas.

Cesar otra vez atrapado en su casa, perseguido por las agujas de una vida que no puede huir al reclamo de ese tiempo al que nadie puede renunciar por el sólo hecho de que no se da antagónicamente "el tiempo" para aprender, para equivocarse y sobre todo, para reutilizar posibilidades hipotéticas mal conjugadas por personalidades adultas que no ven sus relojes dormir como tampoco serpientes boas que se han comido un elefante, sólo sombreros que encarcelan ideas y aplastan cabellos.

Cesar se arriesga a quedarse dormido, como una opción más al escape, observando en su mente tantas cosas más sobre las que los niños podrían utilizar esos tiempos.

Ha vivido tantos domingos con retraso que no advirtió la importancia de cada instante, dejándose engañar por sonidos que no precisamente eran llamados, sino alarmas a un tiempo de calculosos engaños.

Abre los ojos y se encuentra sentado en el arenero, se da cuenta que los niños que lo demoraron ya son ancianos, siente así la ambigüedad del bienestar nostálgico, siente domingo, siente felicidad descompuesta en granos de vida de su tiempo mal utilizado reciclado ante sus ojos, que ya no piensan, sino que ven:


relojes de ojos abiertos

brazos de abrazo

su realidad

sin agujas

sin ampollas

sin lunes tras lunes

con piernas a la libertad


¿Se puede ser feliz sintiéndose demorado por descomponer el tiempo?


Laura Silvana Trejo

viernes 11 de julio de 2008


I

Excentrando el centro, antagónicamente desenmascarando el Yo,

donde no hay absolutos discursos ni sentimientos relativos.

Sutiles respetos a la simetría llevan a desiertos donde sedimentan los deseos de alucinar,

desfragmentación del color mental en blanco sobre negro luchando batallas simbióticas del gris.

La paz interior es intencionalidad, se desea desde los infiernos,

se quema en un violeta para plasmar en azul buscando pureza en todas las paletas,

Anhelos luminosos en la oscuridad reveladora son armas de mango resbaloso

¿negro en vez de gris?....no todos…

Renacer desde la ignorancia y no ser sabio de neutralidad

cuando infantiles pensamientos en burbujas chocadoras ebullicionan en el corazón del recuerdo,

un ventoso amanecer deja caer hojas de otoño…Y no todas…

Las que resisten llorarán sabia en verano, magnificaciones del ser, seres,

victimas estacionales, intencionales, que hibernan en la nieve de la mediocridad,

camuflando la paz con pensamientos infernales.

II

La metamorfosis se acuarela en un gusano espiritual,

madura en laberintos de mudas dolorosas,

solo mirando el final del túnel en sus 8 retinas.

Persigue un ideal de libertad, ignorando su vuelo,

efímero bautismo fatal

¿todo tarde?

El aprendizaje…para otra muda,

la esencia descansará en el lecho de lo inconciente,

el gallo cantará a la reencarnación (etc de cion y ree)

Ya no es el mismo túnel…ni el mismo ideal.

Parte de excentrar el centro es descubrir, sacudir el inconciente

desparramando el polvo estelar del camino del arco iris

despertando infinitas esencias en nosotros

que somos una chispeando a unas cuantas.

SNM

LAURIS

domingo 15 de junio de 2008

de Charly para Charly

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Now playing: La Máquina de Hacer Pájaros - No te dejes desanimar
via FoxyTunes
NO TE DEJES DESANIMAR


Nunca dejes de abrirte,
no dejes de reírte,
no te cubras de soledad.

Y si el miedo te derrumba,
si tu luna no alumbra,
si tu cuerpo ya no da mas.

No te dejes desanimar,
basta ya de llorar,
para un poco tu mente y ven acá.

Estas harto de ver los diarios,
estas harto de los horarios,
estas harto de estar en tu lugar.

Ya no escuchas el canto de los mares,
ya no suenas con ver lindo lugares
para descansar una eternidad.

No te dejes desanimar,
no te dejes matar,
quedan tantas mañanas por andar.

MUSICA ES LO QUE DAS.........

SNM
LAURIS

sábado 7 de junio de 2008

VIAJE A LINIERS



Tiene 34 años, se llama Ricardo Siri, y Liniers, su segundo nombre, el mismo con el que rubrica sus obras, se ha convertido en marca registrada.
Es uno de los humoristas gráficos de su generación que más adeptos tiene en el país. No hay dudas de ello: basta con asistir a alguna de sus presentaciones-firma de ejemplares
o visitar el universo de blogs locales –donde es moneda corriente ver reproducidas algunas de sus viñetas– para tener una verdadera dimensión del fenómeno. Tiene 34 años, se llama Ricardo Siri, y Liniers, su segundo nombre, el mismo con el que rubrica sus obras, se ha convertido en marca registrada. Comenzó a cosechar elogios desde la tira Bonjour –que entre 1999 y 2002 pudo disfrutarse en el suplemento No, del diario Página/12– para luego consagrarse definitivamente a partir de 2003. En aquel año, desde La Nación, Liniers dio el puntapié inicial a la entrañable Macanudo, una aventura que continúa y cuya sexta recopilación promete ver la luz en cuatro meses.
Visiblemente dichoso con su reciente paternidad, el dibujante abrió las puertas de su estudio para conversar sobre su trabajo y su Conejo de viaje (Mondadori), volumen que él describe como “un libro feliz, recopilado de varios cuadernos felices que dibujo cada vez que viajo”.
— ¿Cómo planeó este nuevo trabajo?
No lo planifiqué. Esto empezó muy de casualidad, porque jamás pensé que iba a llegar a ser editado. Los dibujos que lo integran los fui haciendo para mí, de manera muy orgánica, como un modo de quedarme con un recuerdo diferente de cada viaje. Para mí, ir a un determinado lugar y volcarlo al papel es, un poco, apropiárselo y guardárselo.
— ¿También toma fotos durante sus estadías?
Sí, obvio. También me gusta saber cómo era exactamente el sitio por el que pasé. No es que sólo quiero un recuerdo superbizarro mío. El dibujar en los viajes es un modo de no aburrirme cargándome con algún tipo de exigencia. No deseo trabajar cuando estoy en esa situación. Y esa despreocupación me lleva a no pensar en que tengo que dibujar y escribir bien o ser gracioso. Siempre la idea, de lo que ahora compone Conejo de viaje, fue que lo que saliera quedara tal cual, fresco,muy poco racional.
— Abundan las referencias musicales en el libro.
Sí, porque la música que escucho estando en algún lugar, de viaje, al volver a oírla, tiempo después, en la intimidad de mi casa me teletransporta inmediatamente.
— ¿Cómo es su relación con el viajar?
Me encanta.Trato de no negarme a ninguna propuesta. Es como la situación ideal en la que puedo estar. Cuando estoy viajando, estoy contento. Entonces, de milagro, este asunto de dibujar mis pingüinos salió bien y generó que el sesenta por ciento de los lugares que plasmo en el libro fueran el resultado de invitaciones.
— Incluso llegó a pisar la Antártida…
Sí. Ese viaje me enseñó que tengo que ser más cuidadoso con los chistes que hago, porque se cumplen. Resulta que una vez, en La Nación, al editor del suplemento Turismo le dije: “Si algún día vas a la Antártida acordate que yo dibujo pingüinos”. Y a los tres, cuatro meses, me llama y sorprende: “¿Te acordás del viaje ese a la Antártida? Bueno, vamos”. Era el sueño del pibe.Todavía no puedo creer que estuve allí. La nieve, el viaje en barco, la soledad, todo me fascinó. El día que ahorre el dinero, las llevo a mi mujer y a mi hija.
— ¿A qué se debe su debilidad por dibujar pingüinos?
Son bichos muy graciosos aunque no hagan nada. Están buenísimos, porque si los ves de lejos parecen que estuvieran en un cóctel, hablando de alguna cosa.
— Gran parte de su obra es autorreferencial. ¿No lo considera desgastante?
En verdad, todo lo que yo hago es exponerme. Si lo dice alguno de mis personajes, como Enriqueta, o lo digo yo disfrazado de conejo, termina siendo lo que pienso de todas formas. No es que mis personajes existen y hablan por sí solos. Entonces, para mí, es lo mismo. Y trato al conejo, que aparece en mis viñetas, como si fuera un personaje. Lo empecé a usar más cuando me transformé en conejo. En Bonjour me dibujaba a mí mismo, tal como soy. Y me daba mucha vergüenza eso. Por eso, a lo largo de esa tira, cuando aparezco, estoy llorando o los personajes me agreden. Entonces, salí de manera transversal, con el recurso del conejo, de la incomodidad de verme dibujado, sin abandonar la autorreferencialidad.
— ¿Le agrada ese tipo de humor, entonces?
De Woody Allen en adelante es algo que me hace gracia. Es mucho más simple
identificar una realidad en ese estilo de comicidad. Es decir, si yo invento al “misterioso hombre de negro” es una fantasía. Pero si, en lugar de eso, hablo más de mí y digo que me pasó algo, por más chiquito que sea, es más fácil que el otro se vea reflejado. Sin
embargo, es muy posible que en algún momento me canse y no me dibuje más.
— ¿Y en esto de contar vivencias propias, coloca algún filtro?
Hay páginas que dibujé y que quedaron en mi casa porque no quise verlas publicadas,
muchas veces porque trataban de cosas muy personales. Justamente pongo las tontas, que considero simpáticas, y no las que estoy en mi intimidad.
— ¿Cuál es el mayor de los fantasmas que lo invade a la hora de crear?
El tema de lograr un equilibrio en lo que muestro o no. Porque, por un lado, es mi responsabilidad ser auténtico en lo que digo. Pero, al mismo tiempo, si bajo la guardia, aparecen cosas. Y como nunca quise adoptar esa actitud pedante, tan años ’90, de ser cínico, cuando empecé con Macanudo elegí mostrar cierto mundo interior sin que fuese
sensiblería berreta. Porque, hablando de ternura, ése es el riesgo que se corre: caer en la cursilería.
— ¿Es angustiante darle vida a una tira diaria como ‘Macanudo’?
No tanto. Lo más difícil es darle forma a las ideas. Es algo que genera mucho trabajo. Entonces, la angustia, más que nada, es la falta de tiempo y tener que prestar atención para no distraerme. Porque, de repente, llega la hora y tengo que mandar la tira sí o sí al diario. Los dibujantes de historietas, a diferencia de los arquitectos, tenemos que ser puntuales. En mi caso me acostumbré, pero sí sé de colegas que sufren muchísimo.
— Por último, por las características de su obra ¿se siente una rara avis dentro de la escena actual de humoristas gráficos?
Al contrario, me siento muy cercano de muchos compañeros. En el sentido de que pertenezco a una generación que, cuando empezó en esto, justo habían cerrado revistas importantes para el género como Humor o Fierro. Por lo tanto, quedaban sólo diez dibujantes repartidos en los tres diarios más importantes y el resto sin espacio en el cual hacer su trabajo. Y ese panorama tuvo dos efectos, uno malo y otro bueno. El negativo fue que, de ningún modo, podías desarrollarte en esto. Hacías cualquier otra cosa. En mi caso, dibujaba mapas para folletos. Mientras que el positivo fue que no tuvimos que adaptarnos a ninguna línea editorial. Cada uno de los artistas y dibujantes, surgidos
de aquellas épocas, tienen una personalidad muy diferente y bien marcada.Y, en ese sentido, me parece mucho más interesante eso. Espero que de a poco los lectores tengan la posibilidad de apreciarlos. El problema es que hay una tardanza en
reconocerlos desde el mundo editorial.

Entrevista publicada en www.tematika.com